El hombre que dejó de mirar a los ojos

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Apenas cayó la noche. Un Hombre caminaba solo por las calles de una gran ciudad conocida por todos. Su figura erguida no dejaba ver su gran tamaño, y su expresión denotaba soledad. Andaba a paso lento e indeciso como si no tuviese rumbo.

La gente de la ciudad ya no reconocía al Hombre amable y carismático que alguna vez él había sido. Solía agradar a todo el que lo conocía, tenía una mirada amigable y una risa muy particular. Cada mañana cuando caminaba a su trabajo, saludaba con un “buenos días”  acompañado de un gesto con el sombrero, a todo el que se cruzaba en su camino; a veces sin detenerse mucho en su andar platicaba con algún conocido o pasaba a comprar café.

A pesar de vivir solo, no era un hombre solitario; le gustaba juntarse a jugar dominó con sus amigos de la universidad y visitar a sus seres queridos cada semana. También tenía una novia a la cual quería mucho, cada vez hacían más planes a futuro y empezaban a planear una vida juntos.

Todos los que lo conocían llegaron a preguntarse qué debió de sucederle. Sin duda no era el mismo que antes, algo había cambiado en ese Hombre. Hace mucho tiempo que dejó de mirar a los ojos.

Trabajaba en una gran y reconocida empresa de tecnología que fabricaba computadoras, pantallas de televisión, aparatos inteligentes, laptops y muchos y novedosos dispositivos. El Hombre se encargaba de crear las campañas publicitarias para el lanzamiento de nuevos productos, cosa que se le daba muy bien. Disfrutaba mucho de su trabajo y del ambiente laboral de la empresa, se llevaba bien con todos los de ahí pero las relaciones solo se quedaban dentro de la oficina.

Todo comenzó hace no tanto tiempo. En su oficina siempre circuló la leyenda acerca de un puesto ejecutivo de la empresa al que los empleados le apodaron “el Alcatraz”. Éste era un puesto de suma importancia para la organización y consistía en probar cada uno de los nuevos aparatos electrónicos antes que nadie, y así comprobar su funcionalidad y practicidad. Aparentemente era un puesto envidiable porque podías usar antes que nadie todos los nuevos productos, sin embargo no era así. Al a par en que la tecnología evolucionaba, era más la cantidad de gente que desistía del puesto. Todos los que renunciaban se mostraban trastornados y aislados, dejaban de interactuar con los demás y quedaban ensimismados; era tanto el contacto con la tecnología que ella acababa tomando posesión de ellos y los volvía dependientes a sus funciones. Tanto así, que “el Alcatraz” se convirtió en el puesto que ponía fin a las carreras profesionales de todos los que lo ocupaban.

Se empezó a escuchar el rumor de que El hombre sería el siguiente en ocupar el famoso puesto. Él, aterrado de la noticia, fue a hablar directamente con su jefe, realmente no quería ese puesto, le daba mucho miedo y además siempre había realizado muy bien su trabajo dando buenos resultados. A pesar de que su jefe lo comprendía, la empresa ya no podía soportar más bajas en los empleados, debían de ocupar ese puesto lo antes posible y con la persona mejor capacitada para ello. Entonces si, El Hombre era el indicado para ese trabajo, su jefe lo sabía, Él lo sabía, y todos en la empresa los sabían. Tenía todas de ganarle a la maldición del “Alcatraz”: una buena actitud, disciplina, responsabilidad, paciencia y autocontrol; sin duda él era el elegido.

Llegó el día en que comenzaba su nuevo trabajo, El Hombre, temeroso de lo que se avecinaba, siguió su rutina de la mañana al pie de la letra. Intentaba mostrarse tranquilo pero preparado y listo. Tal vez no es tan mal trabajo después de todo, pensaba, quizás las historias que circulaban alrededor del “Alcatraz” eran un poco exageradas.

Y los días transcurrieron y nada pareció salirse del control, El Hombre trabajaba mucho, probaba un sin fin de nuevos productos y ninguno tuvo influencia en su persona. Disfrutaba de su nuevo puesto, no implicaba mucho esfuerzo y además se divertía.

Pero un día llegó a sus manos un nuevo producto diferente a todos los demás. Era tan innovador como el resto pero esta vez tenía una diferencia, era inteligente. Si, ese producto era un Smartphone: capaz de hacer miles de tareas a la vez, organizar tu vida, tus contactos y tus pensamientos. Tenia acceso a nuevas y mejoradas redes sociales, podía tomar fotos tan reales que al mirarlas podrías jurar que estabas en aquellos momentos. Y lo mejor de todo, podías estar en contacto las 24 horas del día en una red con personas que están lejos y cerca de ti, aquellas con quienes desearías pasar más tiempo.

El Hombre no podía creerlo, todo parecía increíble. El Smartphone era todo lo que necesitaba, tenía tantas funciones que se volvió perezoso, y casi no tenía que escribir ni leer porque su aparato lo hacía todo por él. Pero lo que más le fascinaba era la posibilidad de contactar a los que más quería aún estando lejos de ellos. Pasaba horas conversando por mensajes, mandando fotos y videos. El Hombre navegaba confianzudo en una red que ni si quiera el más conocedor de las redes, conocía en su totalidad.

¡Qué gran trabajo tenía! Al principio El Hombre parecía ser el más feliz por lo sencilla que se había tornado su vida, pero no era así. Cada vez más dependía de su Smartphone y no se despegaba ni un segundo de él. El Hombre empezó a pasar la mayoría de su tiempo con la cabeza baja y los ojos puestos en pantalla, como si ya nadie más le importara.

Pasaba sus días sumergido en su Smartphone, se limitaba a entablar conversaciones con los demás pues significaban una distracción para Él. Al principio, la gente se esforzaba por llamar su atención pero eventualmente sus esfuerzos fueron inútiles y pronto se sintieron insultados, frustrados y dolidos. Cada vez que ellos le hablaban, El Hombre ya no los volteaba a ver, su mirada permanecía fija en su Smartphone, y a veces asentía con la cabeza. Sus conversaciones eran cada vez más breves y carecían de sentido e intención. Ya nadie quería estar cerca de Él pues se había vuelto una persona cortante y asilada de su realidad.

Y así, poco a poco El Hombre se fue desentendiendo del mundo y aunque logró vencer al puesto del “Alcatraz”, fue el Smartphone el que acabó con su vida… quedando solo, aislado y desdichado.

Ya hacía tiempo que El Hombre caminaba solo por las calles la gran ciudad. Su presente lo atormentaba constantemente, y su futuro jamás había sido tan incierto. Él nunca se imaginó que su destino sería el mismo que el de muchos hombres y de muchas mujeres. Que así como él.. dejaron de mirar a los ojos.

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Un comentario en “El hombre que dejó de mirar a los ojos

  1. Vaya! es como estar muerto en vida, él encerrado en su mundo pensaba que eso era lo que necesitaba a pesar de tener lo mejor para compartir a su alrededor, alomejor una cubeta de agua fría, una cachetada y un buen abrazo del oso le ubiera hecho despertar.

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